Último escrito de José Luis Sánchez. PDF (305 kb)
Galería de imágenes



Licenciado en Derecho, profesión que nunca ejerció, ingresaría en 1950 en la Escuela de Artes y Oficios de Madrid donde tuvo como principal mentor a Ángel Ferrant, con quien exploró el lenguaje de las vanguardias. Con el punto de partida de la influencia de Ferrant, a quien siempre consideró su maestro, la principal formación de José Luis Sánchez como escultor y diseñador fue adquirida de forma autodidacta. En 1952 obtuvo una beca del Ministerio de Asuntos Exteriores que le permitió residir en Milán y Roma durante un año. Posteriormente, becado por el Instituto Francés en París participó en distintos talleres y conoció a la ceramista Jacqueline Canivet, con la que contrajo matrimonio.
En 1954 fue reconocido con una medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes y ese mismo año consiguió el primer premio del I Concurso de Diseño Industrial.
Muy próximo a Pablo Serrano y a los pintores de El Paso, sintió sobre todo una vocación temprana por la arquitectura, lo que le llevó a colaborar estrechamente con los arquitectos más representativos de los años 50 y 60 implicados en la modernización formal del edificio y en la integración del diseño y las prácticas escultóricas a la nueva arquitectura. Siguiendo la estela de los planteamientos constructivistas de la década de 1960, sus esculturas se caracterizan por la superposición de volúmenes y por la incorporación a la arquitectura de juegos espaciales. “Yo quise ser arquitecto –reconocía– pero trabajaba en un banco durante ocho horas y era imposible compaginarlo. Me quedó esa ansia constructiva que luego he aplicado a mi obra. No he sido un artista de exposiciones, sino un artista de arquitectos. En una ocasión tuve la paciencia de apuntar el nombre de los arquitectos con los que había trabajado a lo largo de mi carrera y resultaron ser más de un centenar. En una clasificación de mayor a menor intensidad, los arquitectos con los que más he trabajado han sido José Luis Fernández del Amo, Javier Carvajal, Rodolfo García-Pablos, Juan Manuel Ruiz de la Prada y Miguel Fisac”.
Su voluntad de hacer presente la escultura en el dominio de la actividad pública, le impulsó a trabajar en espacios sagrados, introduciendo en ellos sus genuinas formas de trazado arquitectónico. No en vano fue premiado con la medalla de oro en la III Bienal de Arte Sacro de Salzburgo en 1962.Se involucró activamente en la incorporación del arte vanguardista en la vida cotidiana, consciente del compromiso educativo del artista. “La renovación artística era una labor que requería actuar en los centros de reunión obligatoria de las personas: las iglesias o los colegios, porque a los niños también había que acostumbrarlos a una nueva visión de las cosas, habituarse a una nueva forma de arte que era a su vez una nueva forma de vida”.
Sus palabras confirman una profunda vocación de educador, concretada en la práctica de la enseñanza en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando y en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid, donde formó a sus alumnos en la apreciación de los nuevos parámetros estéticos de la escultura, estrechamente vinculados también al diseño. “Siempre he repetido a mis alumnos que una de las esculturas más representativas de nuestro siglo es el avión Concorde: nos confirma la furia de Marinetti, procede inconscientemente del Pájaro en el espacio de Brancusi, su autor es una compañía anónima, ha sido fabricado empleando la tecnología y los materiales más sofisticados y el hombre ha sido capaz de hacerlo volar a una velocidad superior a la del sonido sin más plinto ni soporte que la inmensidad del cielo”, afirmó anticipando una concepción de la escultura como punto de convergencia de la ingeniería, la arquitectura y el diseño industrial. “Quizá el anterior ejemplo del Concorde –continuaba– nos haría entrar de lleno en el apasionante mundo del diseño. Las preocupaciones y ocupaciones que han consumido muchas horas de mi vida se han centrado principalmente en el campo de la integración de las artes, la interdependencia de las mismas y los problemas que suscita el diseño en relación con la sociedad actual”.
Desde muy pronto se sintió estimulado por la escultura y el diseño nórdico, italiano y la Bauhaus. Viajó con frecuencia al norte de Europa, en particular a Finlandia, donde conoció a Virkala y a diseñadores de referencia en la creación de objetos domésticos. Fue miembro de la Sociedad de Estudios de Diseño Industrial (SEDI) y en 1980 obtuvo el Delta de ADI-FAD al mejor diseño. En 2010 recibió el título de socio de honor de la Asociación de Diseñadores de Madrid (DIMAD) en reconocimiento a su actividad pionera en el campo del diseño industrial.
Paradójicamente, José Luis Sánchez, un artista de tan sólida labor teórica y creativa, no fue un artista demasiado conocido por el público. Muchas de sus obras son admiradas y justamente valoradas, pero el nombre de su autor apenas ha dejado huella en la memoria colectiva, quizás por su propia sencillez. Él lo supo expresar mucho mejor: “No me quejo. He dejado una marca modesta. Hay quien conoce mis obras, pero no a mí”.