Pedro Navascués
In memoriam

Academia / 9 de enero de 2023
Pedro Navascués In memoriam

El catedrático, historiador de la Arquitectura y uno de los máximos expertos en siglo XIX, Pedro Navascués Palacio (Madrid, 1942-2022), fue recordado en la Academia con el elogio pronunciado por el arquitecto Rafael Manzano Martos.

¿Cómo expresar en unas pocas palabras, y desde una tribuna excesivamente académica, la sucesión de afectos de todo tipo, humanos, intelectuales, universitarios y vitales, en definitiva, que nos hermanaron en aficiones, saberes y actividades, y nos unieron a Pedro Navascués Palacio, a lo largo de toda una vida?

Había nacido en una familia muy numerosa, similar a la mía en dimensión y firmes creencias. Aquellas casas de la llamada con ironía “la Profesorera” de la Ciudad Universitaria de Madrid, eran verdaderos seminarios de vocaciones universitarias. Allí se desarrolló la niñez y la primera juventud de Pedro Navascués y de sus hermanos, con una escalonada serie de edades, gobernada por la figura singular de don Joaquín María de Navascués, indómito navarro de Cintruénigo, insigne arqueólogo y catedrático de epigrafía y numismática de la Universidad de Madrid, que había sufrido en los días de la guerra la amarga experiencia de la Cárcel Modelo, de donde le salvó de una muerte segura aquel bravo cura aragonés, don Pascual Galindo, quien escenificó disfrazado de miliciano una saca para su fusilamiento. Refugiado en la casa de don Manuel Gómez-Moreno maestro máximo, que pudo proteger a muchos discípulos por estar su casa bajo bandera inglesa, como director que era del Instituto de Valencia Don Juan.

Don Joaquín trabajaba en aquellos años tanto en la cátedra como en otros oficios públicos. Era subcomisario en el Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional, donde se ocupaba de las antigüedades y arqueología clásica, y era también comisario nacional del Cuerpo de Directores de Museos Arqueológicos de España e incluso director del Arqueológico Nacional. Todos ellos depredados por la guerra civil y donde realizó una campaña importantísima de sistematización y reconstrucción, tanto arquitectónica como de ordenación museográfica. Dejó huella en los museos de Tarragona, Sevilla, Barcelona y Madrid. Cuando le conocí era ya un miembro brillante de esta Real Academia y de su corporación hermana de la Historia. Era persona de fuerte complexión física y moral, y de carácter duro, con fama de mal genio entre su alumnado y funcionarios subordinados. La madre, Pilar de Palacio, aquella aragonesa tierna y admirable, ponía el contrapunto amoroso a una copiosa prole de muy diversas edades y vocaciones universitarias, y acogía cotidianamente a su mesa a los amigos y compañeros de sus hijos en aquellos años de posguerra, llenos de pobreza y carestía. Yo sentía una especial adoración por Pilar, a la que todavía hoy veo reflejada en el espejo inequívoco de su hija Marta. Admiraba su entrega para gobernar aquella casa.

Mi gran amigo y compañero de estudios era Javier, que había conciliado sus estudios de ingreso en la carrera de Arquitectura con colaboraciones en los levantamientos planimétricos de las excavaciones que don Martín Almagro Bach, padre de nuestro querido compañero Antonio Almagro, realizaba en Nubia, abriendo por primera vez la zona a colaboraciones arqueológicas internacionales, esta vez urgidas por las consecuencias derivadas de la construcción de la colosal presa de Aswan. Javier, por sus trabajos en Oriente, empezó la carrera siendo un poco mayor que yo y por ello siempre he estado situado entre él y Pedro, al que conocí en el seno familiar y que me parecía casi un niño, pero un niño muy singular: con una vocación nacida en la familia, en sus contactos con los Gómez-Moreno, contactos y profunda amistad que compartíamos por distintos caminos.

Don Manuel Gómez-Moreno nos suministraba documentos, tomas de datos autógrafas de monumentos desaparecidos y, sobre todo, fotografías, imágenes de las que yo era el depositario y que recogía en las múltiples visitas vespertinas al maestro, y en algunas de las cuales me acompañaba Pedro, niño rubio, de ojos claros, poco frecuentes en la España de aquellos días, por lo que los amigos le llamábamos Peter. Sus primeros maestros universitarios fueron don Diego Ángulo y don José María de Azcárate.

Sánchez Cantón estaba ya jubilado, y por allí aparecía, de vez en cuando, Camón Aznar, que tenía un joven ayudante recién llegado de las aulas de la Sorbona y al que maltrataba de alguna manera, llamado Antonio Bonet Correa y al que yo hacía dibujos de monasterios barrocos de Galicia para su tesis doctoral. El otro, también gallego, discípulo de Sánchez Cantón, y que se abría paso por aquellos días era José Manuel Pita Andrade, quien acabó ganando la cátedra de Granada.

Don Fernando Chueca se hizo cargo del curso superior de Historia de la Arquitectura, pero del inferior y del de Restauración de Monumentos me tuve que hacer cargo, justo en un curso en que la enseñanza de la Historia del Arte había pasado al primero de carrera, multiplicándose por cinco el número de matriculados. Conté con el más rico plantel de expertos, en plena juventud: Antonio Bonet Correa, que leía su tesis por aquellos días; Miguel Molina Campuzano, personaje irrepetible; Víctor Nieto Alcaide, y, por supuesto nuestro querido Pedro Navascués.

Pedro y la Escuela de Arquitectura se entendieron bien. Allí inició su labor docente hasta su jubilación como emérito. La Escuela fue su segunda casa, como él decía. A lo largo de sus años de docencia consiguió crear un gran equipo profesional, tanto de doctores arquitectos como egresados de las Facultades de Historia, coordinándolos con ingenio según su forma de interpretar sus saberes. Alojó su seminario en un aula perdida de la Escuela, al que dio un cierto lustre de museo de arquitectura, integrándolo en un ambiente único que, creo, la Escuela debería dedicar a su recuerdo.

Todavía muy joven, interesado por la rica bibliografía de don Fernando Chueca, me pidió que se lo presentase. Fuimos a su estudio y desde aquel momento surgió la perfecta relación entre maestro y discípulo. Poco después, iniciaron entre ambos el tema inédito, como tesis doctoral y muy del gusto de Chueca, La arquitectura madrileña del siglo XIX, de gran trascendencia, porque era el momento en que Madrid adquirió la forma y traza de gran capital, y donde los arquitectos, más o menos eclécticos del momento, iban a surgir de la naciente Escuela Superior de Arquitectura.

Discípulo de los Gómez-Moreno, de los Chueca o los Angulo, que concibieron la historia con un sentido universal y en la que todo se interrelaciona con todo, Pedro Navacués no cayó en la trampa que la especialización impone en las facultades de letras. En su obra escrita y publicada se percibe claramente su visión global y generalista. Sus inicios, muy tempranos y bien modestos, fueron de estudio analítico de un par de grupos de iglesias mudéjares, todas en proceso de destrucción; unas, del entorno de Zaragoza, como la iglesia de Bubierca, y otras, del de Madrid, como la iglesia Santa María la Antigua en Carabanchel o la Asunción de Móstoles. Fueron publicaciones muy modestas de la Crónica Arqueológica de la España Musulmana.

Luego, tras el inicio de su tesis, surgirán múltiples publicaciones de estudios analíticos y monográficos de autores, edificios, planteamientos urbanísticos, etcétera, en torno a Madrid. La capital ha sido recurrente y epicentro en la obra de Pedro, como lo fue también en la de Fernando Chueca: su urbanística, sus grandes edificios neoclásicos, sus conjuntos artísticos, su eje cardinal del Paseo del Prado, sus edificios singulares o su arquitectura perdida, los sitios reales a partir del palacio borbónico, sus proyectos no construidos o inacabados...

El objetivo de la tesis era la arquitectura del siglo XIX, que se convirtió en otro de sus grandes temas recurrentes, investigado a lo largo de la geografía española, americana e incluso del resto de Europa. En 1989 apareció Reflexiones del Modernismo en España y en 1990 Arquitectura y urbanismo: la época del Romanticismo o Rehabilitación del Hotel María Cristina de San Sebastián. Y seguidamente, en 1991, Arquitectura española del siglo XIX: estado de la cuestión, verdadero arranque de una teoría… Y el mismo año algo que rebrotaría en su futuro, La catedral de León: de la verdad histórica al espejismo erudito y un subtítulo que marcaría huella Medievalismo y neomedievalismo: aspectos reales.

Tras la síntesis espléndida que significó su tesis surgieron otras grandes publicaciones como los tomos que habían permanecido inéditos y sin autor del Summa Artis y de otras grandes series del pasado.

También otro libro de 1988 tendrá réplicas posteriores y otra línea editorial en la obra de Pedro Navascués, su interés por los tratadistas de arquitectura: “Hernán Ruiz y Tosca” en Los tratados de arquitectura, obra colectiva en la que se ocupa por primera vez de la figura que daría lugar a la edición crítica y facsimilar del Manuscrito de Hernán Ruiz, conservado en la biblioteca de la Escuela de Arquitectura de Madrid por cesión de don Manuel Gómez-Moreno.

Un cuarto tema de su interés investigador fueron los edificios religiosos. Desde la catedral como prototipo del edificio de culto, sus razones litúrgicas, sus derivados parroquiales, hasta los grandes monasterios como agrupación de un área religiosa residencial y el edificio principal para el culto divino.

Un día, cargado de méritos, esta Real Academia lo llamó a su seno, andaba entonces enfervorizado en la defensa y el estudio de las catedrales y grandes templos españoles. Muy particularmente, de su peculiar liturgia, nacida en la Edad Media, en la colosal mole santiaguesa donde, exigencias de la peregrinación, determinaron una organización arquitectónica dual, que dividía la nave central en un espacio coral a partir del crucero, con su prodigiosa sillería pétrea, y una iglesia de peregrinos a los pies del templo, quedando las naves colaterales con sus prolongaciones en el crucero y la girola de la cabecera como espacio procesional en torno a la tumba del Apóstol. De ahí deriva la tradición de nuestras iglesias españolas, catedrales y parroquiales, de colocar la sillería del coro en el centro de las naves, en una evidente contradicción entre la unidad espacial del templo y su funcionalidad en la ordenación posconciliar del conjunto. Más de una catedral española ha visto su coro y sus retablos mayores relegados a lugares inadecuados por el celo proconciliar de obispos y arquitectos diocesanos, con grave destrucción de nuestro patrimonio tanto histórico como artístico.

Pedro, que en sus estudios de los grandes templos españoles había estudiado y analizado a fondo la teoría litúrgica española, recogió aquellas ideas convertidas en fuertes convicciones ideológicas, en un brillante discurso de ingreso en la Academia, verdadero y profundo alegato en defensa de la conservación en nuestros templos de su tradición litúrgica “a la española”; ocasión en que fue contestado y apoyado en sus ideas por Fernando Chueca Goitia.

Desde aquel día Pedro se entregó a trabajar, como pocos, en las tareas académicas. De inmediato, en la Comisión de Monumentos y Patrimonio Histórico, que entonces presidía el propio Chueca. Quiso integrarse en la propia alma de la Academia como miembro de la Comisión de Administración, donde su profunda dedicación lo llevó a ser el primer miembro que ocupó el cargo, nacido de una reforma estatutaria, de vicedirector-tesorero. Entre otros muchos éxitos, el más importante para la Academia, fue la gestión ante un posible contencioso con el Estado, que pretendía derechos de propiedad sobre el viejo palacio Goyeneche. Con asesoramiento del académico de Jurisprudencia y Legislación, don Antonio Pau Pedrón, quedó reconocida de forma irrefutable e inscrita la propiedad del edificio de la Academia en el correspondiente registro de la propiedad.

Finalmente encontró un rincón académico perfecto para sus saberes y competencias en la doble presidencia de la Sección de Arquitectura y, muy especialmente, de la Comisión de Monumentos y Patrimonio Histórico, realizando una defensa impecable en su fondo y en su forma, emitiendo informes que eran prodigio de conocimiento, de investigación científica y de razonamiento, dignos de publicación. La suya fue una vida dedicada al estudio y al trabajo para la salvación del patrimonio artístico e histórico español.

Rafael Manzano Martos