Museo

En orden de aparición Colección Hochschild Arte peruano y latinoamericano

La exposición “En orden de aparición: arte peruano y latinoamericano de la colección Hochschild” forma parte de la programación de Perú en ARCO 2019. Comisariada por el poeta, historiador y curador Luis Pérez-Oramas y por la catedrática y académica Estrella de Diego, la muestra reúne una selección de obras maestras de la extraordinaria colección personal del empresario peruano Eduardo Hochschild.

Con base en Lima, la colección de Eduardo y Mariana Hochschild es ampliamente reconocida como uno de los conjuntos más importantes de arte contemporáneo peruano. Desde su última presentación en Madrid, en 2017, la colección ha extendido su desarrollo hacia el arte del resto del continente iberoamericano, incluyendo piezas modernas y contemporáneas de autores de otros países del continente.

La selección de obras que conforma la exposición En orden de aparición: arte peruano y latinoamericano de la colección Hochschild se hace eco del leitmotiv de “diálogo entre artistas” que caracteriza la representación de arte peruano en ARCO 2019 al proponer una narrativa dialógica entre artistas peruanos, acompañados por obras de creadores de referencia y emergentes del resto de América Latina, y los maestros representados en las colecciones de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Para ello cada obra ha sido ubicada estratégicamente en el recorrido de la colección permanente del Museo de la Academia, generando contrastes y consonancias significantes en vecindad con obras maestras del arte español y europeo. Cada una de estas inserciones, actúa como un corte, a la vez temporal, formal y espacial: corte temporal al precipitar el tiempo presente, o aquel de la modernidad, en la cronología de las obras antiguas; corte estilístico, o formal, al presentar obras modernas y contemporáneas que problematizan la función mimética del arte exponiéndose junto a obras emblemáticas de la representación clásica, y, finalmente, corte espacial por la presencia de América entre producciones españolas y europeas, insertando en algunos casos —notablemente en las salas del Museo destinadas al arte moderno- modernidades alternativas provenientes del continente iberoamericano.

Al mismo tiempo, cada uno de estos diálogos e inserciones propone un “salto”, una ruptura súbita e inesperada, una colisión de temporalidades. La muestra se hace eco, pues, de una reflexión sobre las posibilidades de ampliar las narrativas de la historia del arte a través de estrategias ajenas a las cronografías, integrando intervalos anacrónicos, relaciones inconmensurables entre obras de artes disímiles, analogías no intencionales y accidentes de vinculación entre objetos y temporalidades diferentes, revelando así tanto persistencias temáticas y formales como continuidades inesperadas en la larga duración de la historia de las formas simbólicas y recordándonos lo necesario del arte actual para descubrir nuevos significados en el arte del pasado.  
Primera planta

I
En orden de aparición toma prestado su título de la primera obra que los visitantes encuentran en la muestra, firmada por la artista peruana Sandra Gamarra (1972) y titulada En orden de aparición, intento de autorretrato I (2012). Aledaña a obras de los maestros manieristas Luis de Morales y El Greco y a las obras de Francisco de Zurbarán conocidas por la suntuosa representación de texturas luminosas, la pieza de Gamarra representa a la artista de espaldas, al modo de un espectador en lo que parece ser un museo imaginario. La colisión entre figuras, la diversidad de superficies textiles y los cuadros invitan así a emprender este recorrido, en orden de aparición, al modo de un ejercicio de imaginaciones.

II
El sueño del caballero del maestro del Siglo de Oro español Antonio de Pereda es una de las obras maestras de la pintura europea del siglo xvii. Próximos a ella, los trabajos del artista colombiano Rosemberg Sandoval (1959) y del artista chileno Adolfo Couve (1940-1998) representan la continuidad contemporánea del género del bodegón y la vanitas, presente en la obra de Pereda así como en otras pinturas del Museo instaladas en esta misma sala. Mientras la obra de Couve, melancólica y no exenta de gravitas, constituye un bodegón moderno, con sus tonos malva y gris, los objetos vendados por Sandoval encarnan una vanitas contemporánea; encontrados por el artista en el lugar de una masacre acaecida durante el período de la violencia en Colombia, estos objetos constituyen “otros despojos de la muerte”, como diría Palomino de las vanitas de Pereda.

III
Las obras de José de Ribera y Alonso Cano —en particular su Cristo crucificado-, entre otros maestros del Siglo de Oro español, acogen entre ellas a una de las joyas de la pintura virreinal peruana, el anónimo del siglo xviii de escuela cuzqueña Nuestra Señora de Cocharcas (ca. 1760). Imagen mariana de culto tan popular como las vírgenes de Guadalupe o Copacabana, la Virgen de Cocharcas aparece como efigie llevada en procesión, profusamente ornamentada con motivos florales, ante un paisaje que revela influencias manieristas y flamencas. Haciéndose eco del florilegio que la adorna, la obra de la artista brasileña Sônia Gomes (1948), con sus trenzados y anudamientos multicolores, contrasta con las referencias anteriores al evocar la parafernalia de otras religiones, en este caso de origen afrobrasileño, y por la fastuosa pobrezadesus materiales.

IV
La pequeña sala —sede temporal de conocidas tablas de Francisco de Goya, entre ellas El entierro de la sardina y Casa de locos– aloja el vívido retrato de La india del Collao (1925), obra del maestro peruano José Sabogal (1888-1956), representante principal del indigenismo moderno en Perú, acompañada irónicamente por la obra de Sandra Gamarra Pan de oro sobre retrato indigenista (2014). La ironía de Gamarra enfatiza la tensión colonial entre conquistadores y nativos a través de la presencia del pan de oro, motivo frecuente en los altares católicos que evoca la explotación minera desde los tiempos de la conquista. La vida de Goya coincidió con la independencia de las naciones hispanoamericanas y con la reivindicación de sus pueblos originarios, nativistas o indigenistas.

V
Regresando hacia el acceso al Museo, tras algunas representaciones clásicas de mitologías se encuentra la obra de la artista peruana Ana Teresa Barboza (1981). Enmarcada entre dos monumentales cuadros de tema religioso de maestros españoles —entre ellos la Predicación de san Juan Bautista de Vicente Carducho, la obra de Barboza es un prolijo bordado sobre tela que representa una suerte de escena mitológica, condensación contemporánea de los mitos de Diana cazadora y Acteón. En esta versión contemporánea es, sin embargo, la figura femenina la que se encarna en la forma del ciervo.

VI
La amplia sala con obras de Peter Snayers y Pedro Pablo Rubens —incluido el lienzo San Agustín entre Cristo y la Virgen– alberga la apropiación de la Venus de Botticelli por parte de la maestra colombiana Beatriz González (1934). En Botticelli Wash and Wear [Botticelli de lavar y poner] (1976), la famosa Venus, una de las imágenes más conocidas del arte occidental, es reproducida sobre un tejido de baño, al modo de un motivo ornamental doméstico. Junto a ella, Los cobardes mueren primero II (2017), obra del artista mexicano Moris (1978), basada en la ampliación de una estampa de Gustave Doré sobre el Infierno de Dante, y La concepción goetheana del mundo (2011), laboriosa transcripción manuscrita de la obra filosófica de Johann Wolfgang von Goethe a manos del peruano José Vera Matos (1981), se hacen eco de las estrategias de apropiación del arte histórico por artistas contemporáneos.

VII
La sala dedicada a obras monumentales de Francisco de Goya, que alberga los retratos de Manuel Godoy, Leandro Fernández de Moratín y La Tirana, aloja Mensaje (1958), pieza emblemática del periodo informal del artista germano-mexicano Mathias Goeritz (1915-1990), realizada a base de perforaciones sobre metal dorado y vinculada a los intereses del artista por los textos bíblicos y mesiánicos: luz y materia como un mensaje indescifrable sobre el tiempo del fin, sobre el fin de los tiempos. Junto a ella, dos obras que enfatizan cualidades de rastro y sombra, como son el Cuadro del cielo (1977), elocuente ejemplo de “azar dirigido” del maestro peruano Emilio Rodríguez Larraín (1928-2015), y la Figura transparente (2001) del chileno-mexicano Carlos Arias Vicuña (1964). Mientras la pintura de Larraín testimonia su complicidad con Marcel Duchamp al hacer uso de la deposición material del tiempo sobre los soportes, el desnudo espectral de Arias evoca y se hace eco de la aparición de la imagen como transparencia en la materia.

VIII
Volviendo al lugar de inicio del recorrido, al salir de la sala anterior, aledaña a la monumental Alegoría de la Paz y la Justicia del maestro del rococó italiano Corrado Giaquinto, El cujicito (2018) del venezolano Juan José Olavarría (1969) resuena por su doloroso contenido político. A través de un dibujo con tinta artesanal hecha a partir de frijoles negros, la obra representa, sobre una frazada encontrada, la casa destruida donde el capitán Óscar Pérez fue ajusticiado junto a sus compañeros de rebelión por el régimen de Nicolás Maduro tras haberse rendido pacíficamente. El bordado es el esquema a través del cual el régimen explicó la operación de ajusticiamiento, reivindicándola públicamente.

 
Segunda planta

IX
Los espléndidos relieves en cera de Nicolas Englebert Cetto, encargados para celebrar el matrimonio del futuro rey Carlos III con María Amalia de Sajonia, alojan entre ellos el delicado bordado del artista paraguayo-argentino Feliciano Centurión (1962-1996), titulado Ensueño (1995). Cuando en 1995 Centurión bordaba la palabra “ensueño” sobre una blanqueta encontrada con una escena orientalista de danza con armas, el artista ya sabía que las dolencias que padecía a consecuencia del virus VIH le condenarían a fallecer de forma inminente. En la misma sala, entre La unción de David por Samuel de Antonio González Velázquez y la copia de una Salomé de Guido Reni a manos de Salvador Maella, encontramos otra obra textil contemporánea, el delicado juego de velos monocromos sin título del artista brasileño José Leonilson (1957-1993); obra similar a la anterior en cuanto que Leonilson, también fallecido trágicamente durante la crisis del SIDA en los años noventa del siglo pasado, produjo sus íntimos sudarios testimoniales en fechas cercanas a su fallecimiento con el objetivo de dejarlos en manos de sus seres queridos, en este caso uno de los enfermeros que lo asistió en su última hora.

X
Se inicia aquí una serie de inserciones en las galerías dedicadas al retrato del siglo xix, notablemente a la obra de Vicente López. Junto al Retrato de Godoy joven por Francisco Folch de Cardona, la obra del peruano Fernando Gutiérrez “Huanchaco” (1978), conocido por el desmontaje iconográfico de héroes —tanto reales como ficticios-, representa sarcásticamente al artista uniformado y portando la bandera del Perú junto a uno de los más celebrados militares de la historia naval del país, el almirante Miguel Grau Seminario, quien resistió heroicamente contra la armada chilena antes de fallecer en la batalla naval de Angamos durante la Guerra del Pacífico.

XI
La sala dedicada a Vicente López acoge la presencia anacrónica de retratos y representaciones corporales contemporáneos, desde la mencionada obra de Huanchaco y la caricatura de un filósofo a manos del peruano Esteban Igartúa (1974), conocido por su interés en la iconografía de lo grotesco, hasta la delicada copia del Autorretrato de Rembrandt, pequeño óleo monocromo pintado por el chileno Adolfo Couve el mismo año en el que decidiera quitarse la vida. Destacan en esta sala las obras de los maestros peruanos Emilio Rodríguez Larraín, L’ombre est un événement unique[La sombra es un evento único] (ca. 1963), Jorge Eduardo Eielson (1924-2006), Agonía-Scandal (1963), y José Tola (1943), La casa azul (2003), ejemplares de figuración antropomórfica que exploran diversos registros de deformación e informalismo. La obra de Eielson, conocido por su investigación con materias textiles, contiene literalmente el traje-uniforme del pintor, que contrasta con las imágenes espectrales y oscuras de oficiales uniformados de la fotógrafa peruana Milagros de la Torre (1965).

XII
La sala Madrazo alberga obras de lenguaje más abstracto, conceptual o constructivo. Por una parte, las obras del artista uruguayo Washington Barcala (1920-1993), El arquitecto y sus proyectos (ca. 1979), y de los peruanos Ella Krebs (1926), Sin título (1965), e Ishmael Randall Weeks (1976), Arquitectura orgánica (2010), enfatizan la manifestación de texturas, evocando sedimentaciones fósiles, arquitectónicas o cinéticas. Por otro, las obras de los artistas peruanos Fernando Bryce (1965), Neo-Heráldica II (1999), Alberto Casari (1955), EM. DIP. 10 (1997), y Rafael Hastings (1945), Dibujos mentales (ca. 1975), se definen por la primacía de la superficie como espacio compositivo y de inscripción. Construcción sígnica (Bryce), notaciones esquemáticas (Hastings) o collages (Casari) acompañan un ejemplo seminal de pintura conceptual a manos del artista brasileño Carlos Zilio (1944), Proceso de libertaçao [Proceso de liberación] (1974), en el cual se describe con gran economía simbólica una situación política de emancipación.

XIII
Teresa Burga (1935) es la más significativa artista conceptual peruana. En 1980 realizó su obra prima, junto a la psicóloga francesa Marie Cathelat, conocida como Perfil de la mujer peruana. Investigación a la vez antropológica y artística, y pieza emblemática del arte no-objetual y feminista, el Perfil es un retrato documental y analítico del estado de la condición femenina en Perú a finales del siglo xx. En forma de rompecabezas, Perfil educativo (1980-2017) muestra la forma de un cerebro con sus diversos hemisferios y partes representados en colores. Jeroglífico irónico, con una estructura yacente, y metáfora de la intelección femenina, el Perfil de Burga se encuentra próximo al vaciado de una de las más emblemáticas figuras de mujeres reclinadas del arte occidental, la Ariadna dormida del Belvedere vaticano, vaciado de una escultura helenística encargado en Roma para Felipe IV por Diego Velázquez, quien la representó en uno de sus célebres paisajes de la Villa Medici.

XIV
La colección de vaciados de la Academia es célebre por su riqueza iconográfica y su antigüedad. Así como el grabado de obras maestras sirvió para difundir el arte occidental en América, los vaciados divulgaron el arte clásico y fueron instrumentos fundamentales en la enseñanza académica de las artes plásticas. La sala de vaciados de la Academia acoge tres excepciones contemporáneas, obras de los artistas peruanos Jota Castro (1965) y José Carlos Martinat (1974). Las obras de Castro son tallas en mármol de Carrara que representan una bolsa cerrada, irónicamente titulada Cornucopiae [Cornucopia] (2011), y una pelota de fútbol, titulada con no menos ironía Quasso cruris (2011), expresión latina que traduciría el motto inglés de buen presagio break a leg [rómpete una pierna], acaso un guiño a Marcel Duchamp, creador del ready-made titulado In advance of the broken arm [Anticipo de un brazo roto] (1915). Por su parte, Martinat, conocido por su práctica de apropiación de monumentos y grafitis en espacios cívicos, es el autor del vaciado en hoja de cobre dorada de una escultura pública del héroe naval peruano Miguel Grau, un gesto satírico que acompaña en este espacio los vaciados en yeso de antiguos sátiros.

XV
Al salir de la sala de vaciados, aparece otro guiño a Marcel Duchamp, esta vez a manos del artista peruano Jerry Martin (1976), cuya práctica obsesiva de dibujos mecanografiados se apropia de célebres textos críticos sobre arte. En este caso, Calvin Tomkin’s Fountain (2011) hace referencia a Fountain [Fuente], el famoso urinario presentado en 1917 como escultura por Duchamp en el Salón de los Independientes de Nueva York y abordado posteriormente por el poeta Calvin Tomkin en sus ensayos y entrevistas sobre el creador del ready-made, invención que supuso la clausura de la historia de la escultura clásica.

XVI
En diálogo con un bodegón del maestro flamenco Willem Claesz Heda, las cerámicas del artista peruano Juan Javier Salazar (1955-2016), célebre por su ironía y su ácido sarcasmo, representan motivos de género menor —espárragos y vituallas- con formas que evocan los utensilios de las culturas precolombinas del Perú, en particular la cultura Moche (100-700 d.C.), en lo que constituye otra forma de vestigio o ruina.

XVII
Antes de terminar el recorrido por la segunda planta del Museo, se encuentra el dibujo de la peruana Rita Ponce de León (1982), que representa un fantasmagórico rostro antropomórfico que se hace eco del cercano busto de mujer velada titulado La Fe, obra de Luis Salvador Carmona. Al definir para siempre los rasgos del modelo, el retrato ha sido vinculado desde antiguo al velo funerario, a la máscara.
 

Tercera planta

XVIII
La tercera planta del Museo de la Academia está consagrada a las artes modernas y a la obra de artistas y académicos contemporáneos. Aledaño a un monumental paisaje imaginario de Antonio Muñoz Degrain que representa el Coloso de Rodas (1915), se encuentra otro paisaje imaginario, esta vez más fantástico que histórico, más lírico que
arquitectónico, a cargo de la artista surrealista peruana Tilsa Tsuchiya (1928-1984), titulado Niña en la noche (1968).

XIX
Acompañando el Retrato de los hermanos Baroja de Daniel Vázquez Díaz, con su énfasis geométrico y constructivo, la obra del maestro Fernando de Szyszlo (1925-2017), acaso el más significativo pintor moderno del Perú, representa una de sus figuraciones del imaginario precolombino peruano, en este caso perteneciente a la serie Paraca (1994).

XX
Las obras de tres escultoras iberoamericanos fundamentales de finales del siglo xx acompañan las creaciones de académicos vivos: Serie color (1981), de la colombiana Feliza Bursztyn (1933-1982); Coatl (1979), de la curadora y artista mexicana Helen Escobedo (1934-2010), y Columna reticulárea (1969), de la artista germano-venezolana Gertrud Goldschmidt “Gego” (1912-1994). Las tres se caracterizaron por prestar especial atención a la dimensión estructural de la escultura, por su ambición cívica y por la dimensión ambiental de muchas de sus obras, así como por haber hecho posible el pasaje del arte moderno hacia prácticas contemporáneas en cada uno de sus países. Notablemente la Columna reticulárea de Gego formó parte de la primera escultura ambiental realizada por la artista que, según el consenso crítico, marca el fin de la modernidad en Venezuela y constituye un hito conclusivo del constructivismo en América.

XXI
En la sala dedicada a los paisajes de finales del siglo xix e inicios del siglo xx, que alberga vistas notables del paisajista Carlos de Haes, se encuentran dos obras contemporáneas relacionadas con el género del paisaje: la obra sin título de 1968 de la artista franco-peruana Regina Aprijaskis (1921-2013), una de las principales exponentes de la abstracción geométrica como elaboración sintética del paisaje en Perú, y La caza in situ (1976), de la maestra colombiana Beatriz González (1938), cuya obra pictórica sobre soportes encontrados —en este caso un fragmento de latón- y materiales industriales ha registrado la historia contemporánea de su país en clave doméstica. Actualmente, González es célebre por sus obras dedicadas a los años de violencia sufridos en su país, cuando la sociedad colombiana se dividió entre cazadores y presas. Por otra parte, la obra del peruano Iosu Aramburu (1986) Ruinas artificiales (2008) recuerda el destino de toda arquitectura, y de todo monumento, que no es otro que la ruina como retorno al paisaje, como regresión del paisaje a los orígenes. En su tratado de arquitectura, Vitruvio recordaba que la ruina, al identificarse con el rastro de lo que ha sido, coincide paradójicamente con la primera idea, con el esbozo originario.

XXII
El recorrido se cierra en la sala dedicada a tres grandes maestros de la modernidad: Pablo Picasso, Julio González y Juan Gris. Les acompaña la obra de su contemporáneo uruguayo Joaquín Torres García (1874-1949), quien los conoció en vida y compartió con algunos de ellos, especialmente con González, una amistad entrañable. Figura seminal de las vanguardias americanas y de la tradición constructiva universal, su obra Formas abstractas ensambladas (1937) es parte del repertorio de abstracciones que Torres García acomete entre 1934 y 1938, al regresar a Uruguay tras su larga estancia europea, en lo que se considera uno de los momentos más inventivos y rigurosos de la abstracción americana del siglo xx.
  Folleto de la exposición. PDF (110 Mb)  

Galería de imágenes

Información

  • Salas del Museo de la Academia
  • 26 de febrero a 21 de abril de 2019
  • Martes a domingo: 10.00 a 15.00 horas (festivos incluidos)
  • Lunes cerrado
  • Tarifa: entrada al Museo

Organizadores

Reseña de la exposición (El País). PDF (1,6 Mb)  

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